LOS PESTICIDAS: TODA SU CONTROVERSIA Y LO NUEVO QUE HAY

LOS PESTICIDAS: TODA SU CONTROVERSIA Y LO NUEVO QUE HAY

Cuando alguien escucha la palabra "pesticida" suele imaginar un solo objeto: un bidón amarillo, una nube de humo sobre un cultivo, quizás el nombre Monsanto flotando encima como una advertencia. Es una reacción comprensible después de décadas de titulares, demandas millonarias y documentales. Pero esa imagen única esconde un error de fondo, y es un error que vale la pena corregir antes de seguir leyendo cualquier otra línea sobre este tema.



Pesticida no es una sustancia. Es una categoría funcional, una etiqueta que agrupa a cualquier compuesto diseñado para matar, repeler o interrumpir el ciclo de vida de un organismo que amenaza un cultivo, sea un insecto, un hongo, una mala hierba o un nematodo. Bajo ese paraguas conviven moléculas que bloquean canales de sodio en el sistema nervioso de un insecto, moléculas que interrumpen la mitosis celular de un hongo, moléculas que impiden la fotosíntesis de una hierba invasora, y moléculas extraídas de semillas de árboles que llevan siglos usándose en la agricultura tradicional de distintas culturas. Preguntar "¿los pesticidas son buenos o malos?" es como preguntar "¿los medicamentos son buenos o malos?": la respuesta depende por completo de cuál.


Vamos a repasar cómo llegamos hasta aquí, qué pasó realmente con Monsanto y el glifosato, en qué estado se encuentra hoy la regulación en distintas partes del mundo, y por qué la ciencia está volteando cada vez con más fuerza hacia moléculas de origen vegetal como una alternativa seria, no como una moda de empaque verde. El objetivo no es asustar ni tranquilizar de más: es entender la maquinaria real detrás de una de las herramientas agrícolas más debatidas de la historia moderna.



DE LA GUERRA QUÍMICA AL PLATO DE COMIDA: UNA HISTORIA BREVE



Para entender por qué hoy existen tantas moléculas distintas bajo el nombre de pesticida, hay que retroceder al momento en que la síntesis química entró de lleno a la agricultura: la década de 1940.

El origen militar del pesticida moderno. El compuesto que abrió esta era, el DDT (diclorodifeniltricloroetano), en realidad había sido sintetizado desde 1874, pero permaneció sin uso práctico durante décadas. Fue el químico suizo Paul Müller quien, trabajando para la empresa Geigy a finales de los años treinta, identificó su capacidad para matar insectos de forma rápida y con aparente baja toxicidad para mamíferos, un hallazgo que le valió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1948. El DDT se convirtió primero en una herramienta sanitaria, usada masivamente contra el mosquito transmisor de la malaria, y después en el pilar de una nueva agricultura industrial.

La Revolución Verde y la promesa de acabar con el hambre. En el mundo de posguerra, con una población en crecimiento acelerado, surgió la idea de que la producción de alimentos podía multiplicarse si se combinaban semillas mejoradas, fertilizantes sintéticos y control químico de plagas. Este modelo, conocido como Revolución Verde, se expandió con fuerza en América Latina, incluido México, de la mano de programas impulsados por instituciones como la Fundación Rockefeller. El DDT abrió la puerta a una familia completa de compuestos de síntesis que llegarían en las décadas siguientes: organofosforados, carbamatos y piretroides sintéticos, estos últimos ampliamente usados todavía hoy tanto en agricultura como en control doméstico de plagas.

El giro toxicológico. El optimismo inicial empezó a resquebrajarse cuando la evidencia científica mostró que el DDT se acumulaba en tejido graso, se biomagnificaba a lo largo de la cadena alimenticia y afectaba gravemente a especies no objetivo, en particular a aves rapaces cuyos cascarones se adelgazaban hasta romperse antes de tiempo. Esta evidencia, popularizada por la bióloga Rachel Carson, condujo a la prohibición del DDT en la agricultura de Estados Unidos en 1972 y, más tarde, a su restricción global mediante el Convenio de Estocolmo en 2001. El patrón se repetiría: una molécula se adopta masivamente por su eficacia, pasan años o décadas, y solo entonces la evidencia acumulada revela sus costos ocultos.

La segunda y tercera generación de sintéticos. La retirada del DDT no significó el fin de la química de síntesis en la agricultura, sino su reinvención. Los organofosforados, derivados en parte de la investigación militar sobre agentes neurotóxicos realizada durante la Segunda Guerra Mundial, ofrecían una alternativa que se degradaba con mayor rapidez en el ambiente, aunque a cambio presentaban una toxicidad aguda considerablemente mayor para los mamíferos, incluido el ser humano, al inhibir la enzima acetilcolinesterasa del sistema nervioso. Después llegaron los carbamatos, con un mecanismo similar pero reversible, y finalmente los piretroides sintéticos, diseñados deliberadamente para imitar la estructura química de las piretrinas naturales del crisantemo, pero modificados para resistir la degradación por luz ultravioleta que limitaba a su versión vegetal original. Este último dato merece subrayarse: gran parte de la innovación sintética en pesticidas de las últimas cinco décadas no ha sido un rechazo de las moléculas vegetales, sino un intento de imitarlas y hacerlas más persistentes, lo cual explica por qué hoy la investigación regresa, en cierto sentido, al punto de partida botánico, buscando el equilibrio inverso entre eficacia y persistencia ambiental.



Esto no significa que toda la química de síntesis agrícola sea equivalente al DDT ni que la historia se repita idéntica con cada nueva molécula. Significa, más bien, que la industria de protección de cultivos ha aprendido, a un costo humano y ambiental considerable, que la eficacia contra una plaga no es sinónimo de seguridad a largo plazo, y que la vigilancia científica continua no es un capricho regulatorio sino una necesidad estructural del sistema.




EL CASO QUE CAMBIÓ LA CONVERSACIÓN GLOBAL: GLIFOSATO Y EL LITIGIO ENTRE MONSANTO Y BAYER



Si el DDT definió la primera gran crisis de confianza en los pesticidas sintéticos, el glifosato ha definido la segunda, y sigue en curso.

El glifosato es un herbicida de amplio espectro desarrollado por Monsanto en la década de 1970, comercializado bajo la marca Roundup. Su mecanismo de acción actúa sobre una ruta metabólica presente en plantas y en ciertos microorganismos, pero ausente en mamíferos, lo que durante décadas se presentó como su principal argumento de seguridad. Específicamente, el glifosato inhibe una enzima llamada EPSPS, involucrada en la síntesis de tres aminoácidos aromáticos esenciales para el crecimiento vegetal; sin esa vía metabólica activa, la planta tratada deja de producir proteínas indispensables y muere en un plazo de días. Se convirtió en el herbicida más usado del planeta, en gran medida gracias a su combinación con cultivos genéticamente modificados diseñados para tolerarlo, un paquete tecnológico que permitió a los agricultores fumigar sobre el cultivo mismo sin dañarlo, eliminando únicamente la vegetación competidora.



Durante más de dos décadas, este argumento de ausencia de la ruta metabólica objetivo en mamíferos funcionó como el pilar central de la narrativa de seguridad del glifosato, tanto para la propia empresa como para las agencias regulatorias que aprobaron su uso masivo a nivel global. Ese pilar es real y sigue siendo científicamente válido en términos de toxicidad aguda directa. Pero la controversia que estallaría una década después no se centraría en ese mecanismo primario, sino en preguntas más difíciles de responder con un solo experimento: qué sucede con la exposición crónica y de bajo nivel a lo largo de años, y qué papel podrían jugar los llamados coformulantes, es decir, los otros ingredientes de la formulación comercial además del glifosato puro, en el perfil de riesgo final del producto tal como se aplica en campo.



La controversia estalló con fuerza en 2015, cuando la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud, clasificó al glifosato como "probable carcinógeno para humanos". Esta clasificación contrastó con las conclusiones de otras autoridades regulatorias, entre ellas la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA).



Lo que sí es incuestionable es el impacto judicial. Desde que Bayer adquirió Monsanto en 2018 por 63,000 millones de dólares, la empresa ha enfrentado una avalancha de demandas en Estados Unidos por parte de personas que atribuyen al glifosato el desarrollo de linfoma no Hodgkin, un tipo de cáncer del sistema linfático. Las cifras dan una idea de la magnitud del conflicto:


  1. Más de 130,000 reclamaciones han sido resueltas hasta la fecha, con alrededor de 65,000 causas aún pendientes en cortes estadounidenses.
  2. En casos individuales, los jurados han otorgado indemnizaciones que en conjunto superan los 2,100 millones de dólares.
  3. En febrero de 2026, Bayer anunció un acuerdo por hasta 7,250 millones de dólares para cerrar demandas actuales y futuras relacionadas con Roundup, con pagos programados a lo largo de 21 años.
  4. La cifra total que Bayer ha destinado a litigios relacionados con este producto asciende a más de 13,900 millones de dólares.
  5. En junio de 2026, la Corte Suprema de Estados Unidos falló a favor de Bayer, determinando que la empresa no puede ser responsabilizada por no incluir una advertencia sanitaria adicional en la etiqueta del producto, dado que hacerlo habría contradicho las disposiciones ya establecidas por la EPA a nivel federal.


Esto no significa que el fallo de la Corte Suprema equivalga a una declaración científica de inocuidad, como tampoco los estudios epidemiológicos que motivaron las demandas equivalen a una prueba definitiva de causalidad. El fallo resuelve una pregunta jurídica muy específica, sobre etiquetado y jurisdicción federal, no una pregunta toxicológica. Y la clasificación de la IARC identifica una asociación de riesgo probable, no una certeza absoluta de causalidad en cada caso individual. Conviene sostener ambas cosas a la vez: la preocupación científica que motivó la clasificación de 2015 fue legítima y sigue siendo objeto de investigación activa, y al mismo tiempo el desenlace legal reciente no cierra ese debate científico, simplemente cierra un capítulo de responsabilidad civil bajo un marco jurídico particular.



Este caso es relevante para la conversación sobre pesticidas por una razón que va más allá del glifosato mismo: ilustra cómo una sola molécula puede generar décadas de litigio, miles de millones de dólares en costos, y una crisis de confianza pública que termina salpicando a categorías enteras de productos, incluidos aquellos que tienen perfiles toxicológicos completamente distintos.


EL MAPA REGULATORIO ACTUAL: LO QUE MUCHA GENTE CREE QUE PASÓ, Y LO QUE REALMENTE PASÓ


Una de las confusiones más comunes en esta conversación es asumir que el glifosato ya está prohibido en la mayor parte del mundo. La realidad regulatoria es más fragmentada y más dinámica de lo que sugiere esa idea.


En México, el gobierno federal emitió en diciembre de 2020 un decreto que ordenaba la sustitución gradual del glifosato, con miras a una eliminación total. Ese plazo se reformuló en febrero de 2023, estableciendo como fecha límite el 31 de marzo de 2024. Sin embargo, cinco días antes de que ese plazo entrara en vigor, el gobierno emitió un comunicado dejando sin fecha definida la prohibición, argumentando que aún no existía un herbicida sustituto de costo y eficacia comparables para el campo mexicano. A la fecha de esta publicación, el uso de glifosato en México continúa permitido de manera indefinida, mientras instituciones de investigación nacional trabajan en alternativas. Es un caso de manual sobre la diferencia entre anunciar una prohibición y ejecutarla: el decreto existe, la intención política existe, pero la sustitución técnica real sigue siendo el cuello de botella.


En la Unión Europea, el proceso tomó un rumbo distinto. Ante la falta de una mayoría cualificada entre los países miembros, tanto a favor como en contra, la Comisión Europea quedó legalmente obligada a tomar una decisión unilateral, y en noviembre de 2023 renovó la aprobación del glifosato por diez años, vigente hasta diciembre de 2033. Esta renovación vino acompañada de restricciones específicas: se prohibió su uso para desecar cultivos antes de la cosecha y se vedó su aplicación en parques, jardines públicos, áreas de juego infantil, patios escolares y centros de salud. Además, la decisión de restringir su uso a nivel nacional sigue en manos de cada gobierno, y países como Austria, Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo mantienen restricciones parciales adicionales en ciertas zonas.


El panorama que emerge de estos tres casos es el de una sustancia que ninguna gran autoridad regulatoria ha prohibido de forma total y definitiva, pero que en prácticamente todas partes enfrenta restricciones crecientes, condiciones de uso más estrictas y una supervisión científica que no se ha relajado.




LA OTRA MITAD DE LA HISTORIA: LAS MOLÉCULAS QUE VIENEN DE LAS PLANTAS



Mientras la conversación pública se concentra casi por completo en la controversia de un puñado de moléculas sintéticas, existe una línea de investigación científica robusta, con décadas de desarrollo, dedicada a los plaguicidas de origen vegetal, también llamados bioplaguicidas o insecticidas botánicos. No se trata de una idea nueva ni de una tendencia de mercadeo: son compuestos que las plantas mismas producen como parte de su arsenal evolutivo de defensa contra insectos, hongos y otros organismos que amenazan su supervivencia, y que la ciencia ha aprendido a identificar, extraer y formular para uso agrícola.



A diferencia de muchos pesticidas sintéticos de amplio espectro, los bioplaguicidas suelen tener mecanismos de acción muy específicos, heredados de millones de años de coevolución entre plantas e insectos. Estos son los mecanismos mejor documentados:

Piretrinas, del botón de oro y el crisantemo. Extraídas de flores del género Tanacetum (antes Chrysanthemum), las piretrinas actúan generando la apertura de los canales de sodio en las membranas de las células nerviosas de los insectos. Esto provoca una descarga nerviosa repetitiva en lugar de impulsos simples, lo que se traduce en hiperactividad, convulsiones y finalmente la muerte del insecto. El mecanismo es cualitativamente similar al de insecticidas organoclorados sintéticos como el propio DDT, pero con una diferencia crítica: las piretrinas se degradan con extrema rapidez al exponerse a la luz ultravioleta, con una vida media de apenas dos horas o menos en condiciones de campo, lo que reduce dramáticamente su persistencia ambiental en comparación con sus equivalentes sintéticos.


Azadiractina, del árbol de neem. Obtenida de las semillas de Azadirachta indica, la azadiractina no mata al insecto de forma inmediata como lo hacen las piretrinas. Su acción es más sutil y, en cierto sentido, más elegante: interfiere con la síntesis de quitina, el componente estructural del exoesqueleto de los insectos, y altera el sistema hormonal que regula la muda y la reproducción. El resultado es que los insectos expuestos no logran completar su desarrollo postembrionario, no pueden mudar de forma normal, y su capacidad reproductiva y de oviposición se ve severamente comprometida. También actúa como un potente antialimentario, es decir, provoca que el insecto deje de comer la planta tratada incluso antes de sufrir efectos fisiológicos graves.


Rotenona y acetogeninas, venenos mitocondriales selectivos. La rotenona, junto con las acetogeninas presentes en plantas como las anonáceas, actúa bloqueando el flujo de electrones en el complejo I de la cadena respiratoria mitocondrial, interrumpiendo así la producción de energía celular tanto en insectos como, en menor medida, en otros organismos. Este mecanismo explica por qué subproductos de frutos como la guanábana, la chincuya, la ilama y el saramuyo, ricos en acetogeninas, han despertado el interés de la investigación agrícola como fuente de compuestos con actividad bioplaguicida.


Nicotina, el alcaloide pionero. Producida por la planta de tabaco (Nicotiana tabacum), la nicotina interactúa con los receptores de acetilcolina en el sistema nervioso de los insectos, generando un cuadro de envenenamiento comparable al que producen los insecticidas organofosforados sintéticos. De hecho, la nicotina fue uno de los primeros compuestos de origen vegetal usados de forma sistemática en el control de plagas, mucho antes de la llegada del DDT.

Aceites esenciales y terpenos, la defensa química cotidiana de las plantas. Más allá de estas cuatro moléculas emblemáticas, una familia mucho más amplia de compuestos, los terpenos y los aceites esenciales presentes en especies como el ajo, la canela y numerosas plantas aromáticas, contribuye a la defensa vegetal mediante mecanismos de repelencia, inapetencia y bloqueo de la oviposición. La alicina del ajo, por ejemplo, inhibe la formación de esporas y la síntesis de proteínas en hongos fitopatógenos, lo que la convierte en un compuesto de interés tanto para el control de insectos como de enfermedades fúngicas en los cultivos. Estos compuestos rara vez actúan solos en la naturaleza; forman parte de mezclas complejas que las plantas producen simultáneamente, lo cual añade una capa adicional de dificultad, y también de interés científico, a su estudio y estandarización para uso agrícola.



La lógica evolutiva detrás de todos estos mecanismos es la misma: una planta no puede huir de un insecto que la ataca, así que a lo largo de millones de años ha desarrollado un arsenal químico interno para defenderse químicamente en su lugar. Ese arsenal, afinado por la selección natural durante un periodo de tiempo que ningún laboratorio podría replicar, es precisamente lo que la investigación en bioplaguicidas busca identificar, aislar y poner al servicio de la agricultura moderna.



En México, esta línea de investigación tiene representantes activos. La Universidad Autónoma Chapingo, institución con una larga tradición en investigación agrícola, mantiene trabajos documentados sobre el aceite de cempasúchil como bioplaguicida, con aplicaciones estudiadas en cultivos de limón, aguacate y plantas ornamentales en colaboración con instituciones como el Colegio de Posgraduados y el Ciatej. Más recientemente, investigadores de la misma universidad han iniciado estudios para transformar la cáscara, la pulpa y las semillas de frutos como la guanábana, la chincuya, la ilama y el saramuyo en biopesticidas y biocombustibles, aprovechando precisamente la riqueza de acetogeninas y otros compuestos bioactivos presentes en estas especies. Este tipo de investigación forma parte de un movimiento científico más amplio en América Latina que busca aprovechar la enorme biodiversidad vegetal de la región como fuente de nuevas moléculas de protección de cultivos, en lugar de depender exclusivamente de la síntesis química industrial.




ESTO NO SIGNIFICA QUE LOS BIOPLAGUICIDAS SEAN LA SOLUCIÓN PERFECTA



Es tentador, después de leer la sección anterior, concluir que los bioplaguicidas representan una alternativa sin matices, superior en todos los sentidos a la química sintética. Esa conclusión sería tan imprecisa como la idea de que todo pesticida sintético es igual de peligroso que el DDT. La evidencia científica pide más cuidado que eso.



Esto no significa que "natural" sea sinónimo automático de "seguro". La rotenona, pese a ser un compuesto de origen vegetal ampliamente usado en agricultura orgánica durante décadas, ha sido objeto de restricciones crecientes en varios países por su asociación con efectos neurotóxicos en estudios de laboratorio, un recordatorio de que el origen botánico de una molécula no exime de la necesidad de una evaluación toxicológica rigurosa.



Esto tampoco significa que los bioplaguicidas carezcan de impacto en organismos no objetivo. La azadiractina y otros compuestos botánicos pueden afectar también a insectos benéficos si se aplican sin el manejo adecuado, y su perfil de seguridad para polinizadores debe evaluarse caso por caso, con el mismo rigor que se exige a cualquier molécula de síntesis.



Los bioplaguicidas no pueden sustituir de inmediato y sin pérdidas de eficiencia a los pesticidas sintéticos en toda la agricultura a gran escala. Su principal limitación práctica es precisamente la que mencionamos con las piretrinas: la baja estabilidad ambiental. Un compuesto que se degrada en un par de horas bajo el sol puede ser una ventaja ecológica, pero también implica que se necesitan aplicaciones más frecuentes, procesos de extracción más costosos por unidad de superficie tratada, y formulaciones tecnológicamente más sofisticadas para lograr una eficacia comparable a la de un compuesto sintético diseñado para persistir semanas en el cultivo. Es por esta razón que gran parte de la investigación actual, incluidas las nanoformulaciones de bioinsecticidas botánicos, se concentra en resolver precisamente este cuello de botella técnico, no en debatir si el origen vegetal es preferible en principio.



DEL CAMPO A LA CÉLULA: POR QUÉ ESTA CONVERSACIÓN IMPORTA MÁS ALLÁ DE LA AGRICULTURA



Es fácil ver esta conversación como un tema exclusivamente agronómico, ajeno a la vida cotidiana de quien simplemente busca comer bien y cuidar su salud. Pero la elección de qué tipo de protección de cultivos se usa, y cómo se regula, tiene consecuencias que llegan hasta el plato de comida y, desde ahí, hasta la fisiología humana.



El manejo de plagas influye directamente en la salud del suelo, y la salud del suelo está íntimamente relacionada con la densidad de micronutrientes que termina teniendo un alimento. Un suelo sometido a décadas de manejo químico intensivo, con pérdida de materia orgánica y de la diversidad microbiana que facilita la absorción de minerales por las raíces, tiende a producir cultivos con perfiles nutricionales menos consistentes que un suelo manejado bajo prácticas que preservan su actividad biológica. Esta es, precisamente, una de las razones por las que la investigación en bioplaguicidas resulta relevante más allá del debate toxicológico: moléculas que se degradan con rapidez y que no persisten en el suelo ni alteran de forma duradera sus comunidades microbianas contribuyen a preservar, a largo plazo, la capacidad del sistema agrícola de producir alimentos nutricionalmente completos.



Esto no significa que cualquier alimento cultivado con pesticidas sintéticos sea nutricionalmente deficiente, ni que la solución sea eliminar de tajo toda protección química de los cultivos, algo que en el corto plazo comprometería la seguridad alimentaria de millones de personas, como el propio caso mexicano del glifosato ha demostrado. Significa, más bien, que existe una cadena de causalidad real, aunque compleja y todavía en estudio, entre las decisiones que se toman en el campo y la calidad nutricional final del alimento.



Hay además un segundo mecanismo, distinto al del suelo, que conecta el manejo de plagas con la nutrición humana de forma más directa: el estrés oxidativo inducido en la propia planta. Cuando un cultivo enfrenta el ataque de un insecto o un patógeno, activa sus propias defensas químicas internas, entre ellas la producción de compuestos fenólicos y antioxidantes que en algunos estudios se ha observado que aumentan de forma transitoria como respuesta al estrés biótico. Esto plantea una paradoja interesante: un control de plagas demasiado agresivo y preventivo, que elimina cualquier posibilidad de que la planta enfrente un desafío, podría en teoría reducir la inducción natural de ciertos fitoquímicos benéficos, mientras que un manejo de plagas más selectivo y biológico, como el que ofrecen muchos bioplaguicidas de acción más localizada, podría permitir que la planta mantenga activa parte de su propia respuesta defensiva. Esta es un área de investigación todavía emergente, y conviene ser cauteloso: no existe evidencia suficiente para afirmar que un método de control de plagas en particular garantice de forma consistente un mayor contenido de antioxidantes en el alimento final, pero la hipótesis es científicamente plausible y forma parte de las razones por las que el manejo integrado de plagas, que combina métodos biológicos, culturales y químicos de forma racional, gana terreno frente al uso exclusivo y preventivo de sintéticos de amplio espectro.



Es en este punto donde la suplementación encuentra su lugar natural en la conversación, no como una respuesta al miedo o como sustituto de una alimentación real, sino como una extensión lógica del reconocimiento de que la variabilidad del sistema agrícola moderno es real y medible. Si la concentración de zinc, magnesio o ciertos antioxidantes en una misma hortaliza puede variar de forma significativa según el suelo, el clima y el manejo agronómico del cultivo, entonces contar con una fuente adicional y estandarizada de esos nutrientes, respaldada por control de calidad y dosis conocida, deja de ser un lujo de bienestar y se convierte en una herramienta razonable de consistencia nutricional. La suplementación no compite con la agricultura bien hecha; la complementa allí donde la variabilidad natural del sistema, agravada por décadas de manejo agroquímico intensivo en muchas regiones, deja huecos que conviene cubrir con evidencia, no con improvisación.


La historia de los pesticidas es, en el fondo, la historia de una promesa tecnológica que cumplió parcialmente lo que ofreció. Nos dio la capacidad de alimentar a una población mundial que ha crecido de manera vertiginosa desde mediados del siglo pasado, y al mismo tiempo nos enseñó, a un costo considerable en salud humana, biodiversidad y confianza pública, que ninguna solución tecnológica está exenta de escrutinio permanente. El glifosato no es el villano absoluto que algunos titulares sugieren, ni el compuesto perfectamente seguro que su fabricante ha defendido en los tribunales; es una molécula real, con una historia regulatoria real, sometida a un proceso científico y jurídico que sigue, a la fecha de esta publicación, sin resolverse del todo.



Frente a esa incertidumbre, la respuesta más honesta no es el pánico ni la negación, sino la curiosidad sostenida: seguir investigando moléculas alternativas, como hacen instituciones como la Universidad Autónoma Chapingo con los compuestos bioactivos de plantas nativas mexicanas; seguir exigiendo transparencia regulatoria en cada país; y, mientras la ciencia avanza a su propio ritmo, reconocer que cuidar la salud propia no depende de esperar a que se resuelva un litigio internacional, sino de tomar decisiones informadas todos los días, desde elegir bien qué se come hasta respaldar esa elección con las herramientas nutricionales que la evidencia actual pone a nuestro alcance.



REFERENCIAS

Estudio histórico sobre la introducción y adopción estatal del DDT en México entre 1940 y 1980, publicado en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, que documenta el papel de la Fundación Rockefeller y la Revolución Verde en la consolidación de la industria agroquímica nacional.
Artículo de revisión sobre la química verde como fuente de nuevos compuestos para el control de plagas agrícolas, publicado en una revista científica colombiana, que describe el surgimiento del DDT y la posterior aparición de organofosforados, carbamatos y piretroides sintéticos.
Reportaje de Reuters sobre el acuerdo propuesto por Bayer en febrero de 2026 para resolver decenas de miles de demandas relacionadas con el herbicida Roundup, con detalles sobre el monto, la estructura de pagos a 21 años y el número de demandantes involucrados.
Cobertura periodística de Infobae sobre el acuerdo de Bayer por 7,250 millones de dólares, que detalla las cifras históricas de litigio de la empresa desde la adquisición de Monsanto en 2018 y la clasificación del glifosato por parte de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer.
Cobertura periodística sobre el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos de junio de 2026 a favor de Bayer, que explica el fundamento jurídico de la decisión relacionado con la regulación federal de etiquetado de pesticidas.
Reportaje sobre el decreto presidencial mexicano de febrero de 2023 que estableció la prohibición gradual del glifosato y el maíz genéticamente modificado, incluyendo el periodo de transición original hasta marzo de 2024.
Cobertura periodística de Bloomberg Línea sobre la decisión del gobierno mexicano de marzo de 2024 de posponer indefinidamente la prohibición del glifosato ante la falta de un herbicida sustituto viable para el campo nacional.
Documentación regulatoria europea sobre la renovación de la aprobación del glifosato por parte de la Comisión Europea en noviembre de 2023, vigente hasta diciembre de 2033, incluyendo las restricciones de uso adoptadas y la evaluación previa de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria.
Artículo científico sobre plaguicidas botánicos como alternativa en el manejo de plagas, publicado en la revista Fitosanidad, que describe en detalle los mecanismos de acción de piretrinas, azadiractina y aceites esenciales de origen vegetal.
Artículo de divulgación científica sobre el papel de los metabolitos secundarios de las plantas en la agricultura sustentable, que detalla los mecanismos de acción de nicotina, piretrinas, azadiractina y acetogeninas frente a distintas plagas agrícolas.
Reportaje sobre las investigaciones de la Universidad Autónoma Chapingo en el aprovechamiento de subproductos de guanábana, chincuya, ilama y saramuyo para el desarrollo de biopesticidas y biocombustibles.
Nota periodística sobre el uso de aceite de cempasúchil como bioplaguicida desarrollado por investigadores de la Universidad Autónoma Chapingo, en colaboración con el Colegio de Posgraduados y el Centro de Investigación y Asistencia en Tecnología y Diseño del Estado de Jalisco.
Artículo científico sobre nanoformulaciones de bioinsecticidas botánicos para el control de plagas agrícolas, que describe los mecanismos de acción de piretrinas y rotenona a nivel celular y las limitaciones técnicas actuales de estabilidad ambiental de estos compuestos.


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