Un compuesto para fabricar explosivos, un descongestionante y unas pastillas de colores: el origen poco conocido de los medicamentos para bajar de peso
A principios del siglo XX, los obreros que manipulaban un compuesto usado para fabricar explosivos empezaron a adelgazar sin proponérselo. Nadie estaba buscando una cura para la obesidad; simplemente alguien notó que esos trabajadores perdían peso. En 1933 ese mismo compuesto, el dinitrofenol, ya se vendía como píldora para bajar de peso. Funcionaba: obligaba a las células a desperdiciar energía en forma de calor. El problema era que nadie podía controlar cuánto calor. Cinco años y decenas de muertes después, la FDA lo prohibió.
Hoy, cuando alguien escucha "Ozempic", suele pensar que está frente a algo inédito: la primera vez que la medicina promete adelgazar con una inyección o una pastilla. No lo es. Es el capítulo más reciente de una búsqueda que lleva más de un siglo, y que empezó de una forma que pocos conocen. Durante décadas, buena parte de los medicamentos para bajar de peso nacieron de un hallazgo accidental: un veneno industrial, un descongestionante, un antidepresivo que no aliviaba la depresión. Alguien notó el efecto. Alguien más vio un mercado. Y en más de una ocasión, ese mercado avanzó más rápido que la evidencia sobre lo que esas pastillas le hacían al cuerpo.
El accidente explica cómo se descubrieron, no por qué se siguieron vendiendo.
¿Cuántas veces el negocio fue más rápido que la evidencia?
Este es el primer blog de tres que buscan responder esa pregunta. Hacerlo desde México tiene un peso particular: según la Ensanut Continua 2020 a 2023, la prevalencia de obesidad en adultos mexicanos es de 37.1%, con 41.0% en mujeres y 33.0% en hombres. Es una de las cifras más altas del mundo, y explica por qué cada nueva promesa para bajar de peso llega al país con una mezcla de esperanza, urgencia y mercado. Entender de dónde vienen esas promesas es la mejor forma de evaluarlas.
CUANDO EL VENENO FUNCIONA
La historia moderna de los medicamentos para adelgazar no empieza con el dinitrofenol, sino unas décadas antes, con una glándula. A finales del siglo XIX los médicos comprobaron que el mixedema, una forma severa de hipotiroidismo, provocaba lentitud, cansancio y aumento de peso, y que todo eso se revertía al administrar extracto de tiroides. La deducción parecía impecable: si la falta de hormona tiroidea hace que el cuerpo gaste menos energía, un exceso debería hacer que gaste más.
En la década de 1890 se empezó a dar extracto de tiroides de oveja a personas con la tiroides sana para acelerar su metabolismo. Funcionó, en el sentido más estrecho de la palabra. Pero también aumentaron las arritmias y los paros cardiacos. Fue el primer ejemplo de una lógica que se repetiría durante un siglo: si el cuerpo no gasta lo suficiente, obliguémoslo a gastar más, aunque eso implique llevar al corazón al límite.
El dinitrofenol llevó esa lógica a su extremo. Para entender por qué, hay que imaginar lo que ocurre dentro de cada célula. Las mitocondrias funcionan como pequeñas centrales eléctricas: toman la energía de los alimentos y la convierten en ATP, la moneda energética que el cuerpo usa para todo, desde contraer un músculo hasta formular un pensamiento. Ese proceso depende de que la central esté bien sellada. El dinitrofenol abre fugas en ella. La energía sigue entrando, pero una parte importante se escapa en forma de calor antes de convertirse en ATP. Para compensar, el cuerpo quema más grasa, más azúcar, más de todo.
El resultado era una pérdida de peso rápida que en la década de 1930 parecía casi milagrosa. Pero el calor no tiene termostato. A medida que el compuesto se popularizaba, se acumularon reportes de cataratas, de temperaturas corporales imposibles de bajar y de muertes; se han documentado más de 60. En 1938, apenas cinco años después de su llegada al mercado, la FDA prohibió su uso terapéutico.
Esto no significa que el metabolismo sea irrelevante para el control del peso. Significa algo más preciso: que forzar el gasto de energía desde fuera, sin ningún freno fisiológico, convierte un mecanismo de supervivencia en una amenaza. El cuerpo mantiene su temperatura dentro de márgenes estrechos, y un compuesto que desactiva esa regulación no distingue entre quemar grasa y dañar tejidos.
EL HAMBRE COMO OBJETIVO
El dinitrofenol dejó una lección que tardaría décadas en asimilarse: no basta con que algo haga perder peso, hay que preguntarse cómo lo hace y a qué costo. Pero antes de que esa pregunta se volviera obligatoria, la industria encontró una vía más rentable. En lugar de acelerar el motor, se propuso quitar el hambre.
La anfetamina tampoco nació para adelgazar. En la década de 1930 se popularizó como descongestionante nasal, bajo el nombre comercial de Benzedrine, y como tratamiento psiquiátrico. Quienes la usaban notaban que comían menos y se sentían con más energía, una combinación que no tardó en encontrar su mercado. En 1947 Estados Unidos aprobó el uso de anfetaminas para tratar la obesidad, incluida la metanfetamina, y pronto quedó claro su potencial adictivo.
El contexto social hizo el resto. Después de la Segunda Guerra Mundial la población estadounidense empezó a ganar peso de manera sostenida, mientras el ideal de belleza seguía siendo delgado. Para principios de los años sesenta, 13% de la población de ese país ya vivía con obesidad, y como ha documentado el historiador Nicolas Rasmussen, el principal uso médico de la anfetamina terminó siendo la pérdida de peso. La distancia entre el cuerpo real y el cuerpo deseado se había convertido en un mercado.
Hay un detalle que resume bien la elasticidad de estos productos. Obetrol, una mezcla de sales de anfetamina que se comercializó brevemente para bajar de peso, fue reconvertida años después en Adderall, el medicamento para el trastorno por déficit de atención. La molécula era prácticamente la misma; lo que cambiaba era el mercado al que se dirigía.
LAS PÍLDORAS ARCOÍRIS
Pero el episodio más revelador de esta etapa no fue una molécula, sino un modelo de negocio. A partir de la década de 1940, un pequeño grupo de laboratorios estadounidenses empezó a fabricar las llamadas píldoras arcoíris: combinaciones fijas de tiroides desecada, digitálicos, una anfetamina, un barbitúrico y un diurético, a las que en ocasiones se sumaban laxantes. Cada ingrediente cumplía una función. La anfetamina quitaba el hambre, la tiroides aceleraba el metabolismo, el diurético hacía que la báscula marcara menos agua, y los sedantes contrarrestaban el insomnio, la ansiedad y las palpitaciones que provocaba todo lo anterior. Se fabricaban en colores brillantes, lo que daba la ilusión de un tratamiento personalizado.
Lo más grave era la forma en que llegaban al paciente. Las pastillas solían enviarse directamente del fabricante al médico, que a su vez las vendía a sus pacientes. Es decir, quien diagnosticaba era también quien cobraba por el tratamiento. El negocio resultó tan atractivo que en 1967 había al menos 2,000 consultorios en Estados Unidos dedicados exclusivamente a bajar de peso.
En enero de 1968, la periodista Susanna McBee publicó en la revista Life lo que había vivido al hacerse pasar por paciente en diez de esas clínicas. Recibió revisiones superficiales o ninguna, y en alguna consulta incluso le dijeron que no necesitaba adelgazar. Aun así, salió con más de 1,500 pastillas. Ese mismo año, una investigación del Senado estadounidense atribuyó más de 60 muertes a estas píldoras, además de numerosos efectos adversos graves, y la FDA decomisó grandes cantidades del producto y prohibió su distribución.
Esa cifra debe leerse con una precaución. Las más de 60 muertes son las que la investigación logró documentar en una época sin los sistemas de farmacovigilancia que existen hoy, en la que muchos daños nunca se relacionaban con el medicamento que los causó. Esto no significa que el número esté inflado; significa, más bien, que difícilmente refleja el daño completo.
LAS PÍLDORAS QUE CAMBIARON DE ETIQUETA
La historia de las píldoras arcoíris tiene un final incómodo. Los investigadores que rastrearon su trayectoria documentaron que, tras su prohibición en Estados Unidos, estas combinaciones ganaron popularidad en España y Brasil, y años después regresaron al mercado estadounidense convertidas en suplementos para bajar de peso, adulterados con fármacos potentes. El modelo no desapareció; cambió de etiqueta.
México no es ajeno a ese patrón. La sibutramina, un medicamento para bajar de peso cuya historia contaremos en la siguiente entrega, fue retirada del mercado mexicano en 2010 por sus riesgos cardiovasculares. Más de una década después, COFEPRIS seguía encontrándola en productos milagro que se vendían como naturales, y realizó más de 630 visitas de verificación para retirarlos de los puntos de venta.
Este capítulo responde con claridad la pregunta que guía esta serie. La anfetamina llegó a la obesidad por accidente, pero las píldoras arcoíris no fueron un accidente. Fueron un producto diseñado, empaquetado y distribuido con un incentivo económico que se adelantó, por más de dos décadas, a la evidencia sobre su peligrosidad. Y su regreso como suplemento adulterado demuestra que el problema nunca fue solo una molécula, sino la disposición a vender algo sin decir con claridad qué contiene.
LO QUE SE SABE
Las primeras décadas de esta historia dejan una enseñanza que va más allá de la farmacología: un producto es tan confiable como la transparencia de quien lo fabrica. Las píldoras arcoíris dañaron a miles de personas no solo por lo que contenían, sino porque nadie fuera del fabricante y del médico que las vendía sabía con certeza qué contenían ni por qué. Su regreso como suplementos adulterados confirma que esa opacidad puede sobrevivir a cualquier prohibición.
Por eso, cuando se trata de lo que ponemos en nuestro cuerpo, la pregunta más importante no siempre es qué promete un producto, sino qué tan verificable es lo que dice contener. La suplementación responsable empieza ahí: en fórmulas con ingredientes declarados con claridad, en dosis respaldadas por evidencia y en análisis realizados por terceros independientes que confirmen que lo que dice la etiqueta es lo que hay dentro del frasco. No es un detalle técnico. Es la diferencia entre la historia que acabamos de contar y la que vale la pena construir.
En la siguiente entrega veremos qué pasó cuando la regulación por fin llegó, y por qué, aun así, los daños siguieron apareciendo después de las ventas.
REFERENCIAS
1. Bray GA. An historical review of steps and missteps in the discovery of anti-obesity drugs. En: Endotext. South Dartmouth (MA): MDText.com; 2021.
Revisión histórica de los fármacos para obesidad, desde el extracto de tiroides y el dinitrofenol hasta las anfetaminas.
2. Müller TD, Blüher M, Tschöp MH, DiMarchi RD. Anti-obesity drug discovery: advances and challenges. Nat Rev Drug Discov. 2022;21(3):201-23.
Describe el mecanismo del dinitrofenol y su prohibición tras numerosas muertes.
3. Müller TD, Clemmensen C, Finan B, DiMarchi RD, Tschöp MH. Anti-obesity therapy: from rainbow pills to polyagonists. Pharmacol Rev. 2018;70(4):712-46.
Fuente de los datos sobre las clínicas de 1967, el reportaje de Life y la investigación del Senado.
4. Cohen PA, Goday A, Swann JP. The return of rainbow diet pills. Am J Public Health. 2012;102(9):1676-86.
Historia de las píldoras arcoíris, su paso por España y Brasil y su regreso como suplementos adulterados.
5. Rasmussen N. On speed: the many lives of amphetamine. New York: New York University Press; 2008.
Historia social de la anfetamina, incluido su uso masivo para bajar de peso.
6. Campos-Nonato I, Galván-Valencia Ó, Hernández-Barrera L, Oviedo-Solís C, Barquera S. Obesidad en adultos. Ensanut Continua 2020-2023. Salud Publica Mex. 2024;66(4):414-24.
Fuente de la prevalencia actual de obesidad en adultos mexicanos.
7. News Report MX. Cofepris detecta sibutramina, sustancia prohibida, en productos milagro para bajar de peso. 6 de abril de 2022.
Reporte sobre la alerta sanitaria y las visitas de verificación de COFEPRIS.