Deshidratación crónica: todo lo que debes saber

Deshidratación crónica: todo lo que debes saber

El agua no sólo es el líquido que nos hidrata: es el medio que sostiene la vida celular. Es el conductor de iones, el vehículo del transporte de nutrientes y desechos, el regulador de la temperatura corporal, el agente que permite que nuestras mitocondrias produzcan energía y nuestros tejidos se reparen.

Y sin embargo, muchas personas viven en un estado de deshidratación crónica leve, casi imperceptible, no necesariamente marcada por sed intensa, pero suficiente para alterar funciones clave: metabolismo, cognición, circulación, piel y reparación tisular.

En este blog exploraremos qué es la deshidratación crónica, cómo ocurre a nivel fisiológico, cuáles son sus consecuencias, por qué con la edad se convierte en un riesgo mayor y qué se puede hacer desde una hidratación funcional, no solo tomar agua, sino mantener el equilibrio hidromineral que da vida.


¿Qué es realmente la “deshidratación crónica”?

 

Tradicionalmente “deshidratación” remite a pérdidas importantes de agua por diarrea, vómito, fiebre o ejercicio intenso. Pero en el contexto de salud integral, la deshidratación crónica se refiere a un estado prolongado y sostenido de desequilibrio hidromineral (agua + electrolitos + osmólitos) que compromete la homeostasis celular. No siempre se expresa con una sed molesta, sino con una disminución sutil del volumen celular funcional o de su capacidad de retener y distribuir agua de manera eficiente.


 Agua corporal total y distribución

En adultos jóvenes, el agua corporal total representa aproximadamente entre el 60 % y 70 % del peso corporal. De este volumen, cerca de dos tercios corresponde al espacio intracelular, y el resto al extracelular (plasma, líquido intersticial).

El agua cumple funciones vitales: transporte de nutrientes y productos de desecho, amortiguación de los cambios osmóticos, soporte de reacciones enzimáticas, regulación térmica y mantenimiento del volumen sanguíneo. Si ese sistema de mantenimiento se ve afectado, empiezan a generarse fallas funcionales.

Mecanismos clave de homeostasis del agua

Bomba Na⁺/K⁺-ATPasa: Mantiene el gradiente de sodio y potasio a través de la membrana celular, lo cual es esencial para la excitabilidad neuronal, el transporte de nutrientes y la energía celular.

Canales de agua (acuaporinas): permiten el flujo de agua entre compartimentos. Su buen funcionamiento es esencial para que la célula gestione su volumen y presión osmótica.

Hormonas reguladoras: La vasopresina (hormona antidiurética) y la aldosterona intervienen directamente en la retención renal de agua y sodio, regulando la concentración de la orina y el volumen plasmático.

Osmólitos orgánicos (por ejemplo, taurina, glicina, betaina, inositol): Moléculas que contribuyen a estabilizar las proteínas celulares frente al estrés osmótico, ayudando a mantener el agua intracelular. Esta es un área emergente de investigación.

 

Diferencia entre deshidratación aguda y crónica

 

Una deshidratación aguda es rápida, evidente, con signos clínicos claros (pérdida de volumen, hipotensión, taquicardia, etc.). La deshidratación crónica, por el contrario, es de menor grado, subclínica, pero prolongada. Investigaciones han señalado que incluso una reducción del 1-2 % del agua corporal total puede ya impactar de modo significativo ciertos parámetros fisiológicos.


Consecuencias fisiológicas y metabólicas de la deshidratación crónica


Cuando el cuerpo vive en un estado persistente de desequilibrio hídrico, sus sistemas van ajustándose, pero no necesariamente de forma óptima, lo que desencadena múltiples efectos adversos.

El cerebro depende de un adecuado volumen de líquido intersticial, buen flujo sanguíneo cerebral y funcionamiento óptimo de neurotransmisores. Estudios señalan que la deshidratación leve puede reducir la atención sostenida y la memoria operativa en adultos mayores.  

Además, la pérdida de agua corporal total, junto con menor funcionalidad de los mecanismos reguladores de sed, hace que los mayores sean particularmente vulnerables a lo que se denomina “deshidratación → declive cognitivo”.  

La hidratación intracelular es esencial para la generación de ATP mitocondrial, la contracción muscular eficiente y la termorregulación. Una célula con volumen reducido tiene menos capacidad de generar energía, menos reserva, y puede fatigarse más rápido. Asimismo, un estado de hiperosmolaridad leve favorece la resistencia a la insulina y puede alterar el metabolismo glucídico.

La piel depende de agua para mantener su turgencia, elasticidad y función de barrera. Un estudio demostró que incrementar la ingesta hídrica mejoró la hidratación de la piel en individuos con ingesta previamente baja.   La deshidratación crónica contribuye a una piel más opaca, menos elástica, con menor capacidad de reparación y, por tanto, acelera el envejecimiento visible.

El volumen plasmático reducido y la mayor osmolalidad producen mayor carga sobre el riñón. Cuando la función renal disminuye (por edad, enfermedad o fármacos), la capacidad de concentrar la orina y retener agua se reduce. Ello favorece la formación de daño renal crónico, mayor riesgo de infecciones del tracto urinario y peor eliminación de metabolitos.  

Una menor reserva de volumen plasmático obliga al corazón a trabajar más para mantener el gasto cardíaco, lo que puede derivar en taquicardia compensatoria, hipotensión postural y mayor riesgo de caídas o síncopes, especialmente en personas mayores. Además, la viscosidad sanguínea puede aumentar con hemoconcentración leve, lo que incrementa la carga vascular.


Inflamación sistémica, metabolismo y envejecimiento biológico

 

El agua intracelular y los electrolitos también son esenciales para la actividad de las enzimas antioxidantes y la regulación del estado redox. Cuando el desequilibrio persiste, se genera estrés oxidativo, activación inflamatoria crónica de bajo grado y daño acumulativo en tejidos. Estudios sugieren que la hidración óptima está asociada a menor “edad biológica estimada”.  


Por qué no basta con “tomar agua”


Agua libre vs agua funcional

Beber agua es necesario, pero no suficiente para garantizar que esa agua llegue a donde debe, quede allí y desempeñe funciones celulares óptimas. La hidratación funcional implica asegurar que el agua sea absorbida, distribuida intracelularmente, y retenida de manera adecuada.


Rol clave de electrolitos y osmólitos

Sodio (Na⁺) y potasio (K⁺): Mantienen el potencial eléctrico de membrana, el equilibrio entre los compartimentos intra y extracelular, y permiten el transporte de nutrientes y agua.

Magnesio (Mg²⁺): Cofactor de >300 reacciones enzimáticas, incluida la producción de ATP. Su deficiencia agrava la pérdida o mala retención de agua intracelular.

Calcio (Ca²⁺): Funciona en señalización celular, contracción muscular, y estabilidad de membranas.

Osmólitos orgánicos (taurina, glicina, betaina, inositol): Ayudan a estabilizar proteínas celulares frente al estrés osmótico, facilitando la retención de agua dentro de la célula y protegiendo Estructuras celulares. Aunque la evidencia es emergente, es una línea prometedora.


Sueros y rehidratación funcional

En contextos clínicos, las soluciones orales de rehidratación combinan agua, sodio, potasio y glucosa para optimizar la absorción (principio de la bomba sodio-glucosa). En el ámbito del bienestar funcional, fórmulas diseñadas con agua de calidad + electrolitos biodisponibles + osmólitos pueden ser más eficaces para restaurar la hidratación intracelular que simplemente beber agua.

Este enfoque es especialmente pertinente cuando existan pérdidas aumentadas (clima cálido, ejercicio, diuréticos) o en poblaciones vulnerables (como personas mayores).


Hidratación y envejecimiento: lo que cambia con la edad

Cambios fisiológicos relacionados con la edad

Sensación de sed disminuida: Con la edad, los receptores de osmolalidad en el hipotálamo responden menos eficientemente; se ha observado que adultos mayores tienen menor respuesta de sed tras 24 h sin líquidos comparado con personas más jóvenes.  

Menor agua corporal total: La masa magra disminuye con la edad (sarcopenia) y la masa grasa tiende a aumentar; como la masa magra almacena agua, esto reduce la reserva hídrica funcional.  

Disminución de la función renal: El riñón envejecido tiene menor tasa de filtración glomerular, menor flujo sanguíneo, y menor capacidad para concentrar la orina; por ejemplo, la osmolalidad máxima de la orina puede disminuir en mayores comparado con jóvenes.  

Uso de medicamentos y comorbilidades: El uso frecuente de diuréticos, antihipertensivos, laxantes y la presencia de enfermedades crónicas (insuficiencia cardíaca, diabetes) agravan la pérdida de agua y electrolitos.  


Consecuencias clínicas en personas mayores

 

Esta conjunción de factores hace que los adultos mayores vivan con más frecuencia un estado de hiperosmolaridad leve pero persistente, lo que favorece: deterioro cognitivo, mayor riesgo de caídas, úlceras por presión, infecciones urinarias, peor recuperación ante enfermedades, mayor mortalidad. Por ejemplo, se estima que hasta uno de cada cuatro adultos mayores vive con deshidratación de bajo nivel.  

Una revisión sistemática muestra que una osmolalidad plasmática elevada se relaciona con mayor mortalidad en población mayor.   Otra investigación sugiere que el mantenimiento de una buena hidratación correlaciona con mejor función cognitiva, mayor bienestar y retraso del declive funcional.  


Hidratación funcional: la nueva visión científica

 

La medición de la osmolalidad sérica o plasmática es considerada el “gold-standard” para diagnosticar deshidratación por bajo consumo de líquidos (low-intake dehydration), especialmente en mayores.   Métodos tradicionales (color de orina, turgencia cutánea, sensación de sed) muestran baja fiabilidad en personas mayores.  

Aunque no existe consenso único para todas las edades, algunas recomendaciones sugieren que los hombres mayores ingieran aproximadamente 3,7 L/día y las mujeres mayores ~2,7 L/día entre líquidos y alimentos.   Sin embargo, la simple cantidad ingerida no garantiza buen estado de hidratación funcional: debe considerarse la composición del líquido, la presencia de electrolitos, el estado renal y la distribución del agua.


Estrategias nutricionales

Incrementar alimentos con alto contenido de agua: frutas (sandía, melón, naranja), verduras de hoja verde, pepino, tomates. Estos aportan agua “estructurada” y minerales.

Asegurar un aporte adecuado de magnesio, potasio, calcio y alimentos ricos en osmólitos orgánicos (legumbres, semillas de chía, alimentos ricos en taurina/glicina) para favorecer la retención intracelular del agua.

Limitar el consumo excesivo de cafeína, alcohol o diuréticos, que favorecen pérdidas hídricas.

Favorecer fórmulas de rehidratación funcional que contengan electrolitos biodisponibles y osmólitos, especialmente en adultos mayores o personas con pérdida aumentada de líquidos.


Sueros e hidratación funcional avanzada

 

La creación de sueros o fórmulas hidrominerales que combinen agua de calidad + electrolitos (Na⁺, K⁺, Mg²⁺, Ca²⁺) + osmólitos adaptados a la edad y condiciones fisiológicas representa la vanguardia de la hidratación funcional. Estas fórmulas pueden ofrecer una respuesta más precisa que beber agua sola para restaurar el equilibrio intracelular, mejorar la función muscular, cognitiva y metabólica, y contrarrestar los efectos negativos de la deshidratación crónica.


Recomendaciones prácticas clave

 

No esperes a sentir sed: a esa altura ya podrías estar en un estado de deshidratación leve.

Integra líquidos y alimentos ricos en agua con electrolitos y minerales.

En personas mayores o con factores de riesgo (uso de diuréticos, enfermedades renales o cardíacas), considera fórmulas de rehidratación funcional.

Mantén bajo control la función renal, la sensación de sed, la ingesta de líquidos y los signos de volumen plasmático reducido.

En la piel, músculo, cerebro y metabolismo, la hidratación es un determinante importante de salud y longevidad.


Referencias: 

Beck, A. M., Seemer, J., Knudsen, A. W., & Munk, T. (2021). Narrative Review of Low-Intake Dehydration in Older Adults. Nutrients, 13(9), 3142. doi:10.3390/nu13093142  

Li, S., et al. (2023). Hydration Status in Older Adults: Current Knowledge and Future Challenges. (PMC). (2023). https://doi.org/…  

Pence, J., Davis, A., Allen-Gregory, E., & Bloomer, R. J. (2025). Hydration Strategies in Older Adults. Nutrients, 17(14), 2256. doi:10.3390/nu17142256  

Sfera, A., Cummings, M., Osorio, C. (2016). Dehydration and Cognition in Geriatrics: A Hydromolecular Hypothesis. Frontiers in Molecular Biosciences, 3, 18. doi:10.3389/fmolb.2016.00018  

 

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